sábado, 26 de febrero de 2011
Quien contamina paga
Doraldina Zeledón Úbeda
“Quien contamina paga” es un principio internacional del Derecho Ambiental. Significa que las empresas, instituciones, organizaciones, partidos políticos, países y personas que contaminan deben asumir los costos que implica esa contaminación. Se debe evitar que las víctimas, el Estado o la sociedad asuman los costos por los efectos adversos de sus actividades sobre el medio ambiente y las personas.
Después de las elecciones, las alcaldías están limpiando o buscando cómo limpiar la basura que dejó la campaña. Algunos alcaldes dicen que los partidos políticos es difícil que paguen y que solicitarán apoyo al Consejo Supremo Electoral para que les ayude: de lo que corresponde rembolsar a cada partido en concepto de gastos en la campaña, que se le retenga lo concerniente a la limpieza de la basura electoral.
Hay dos situaciones, en primer lugar, debería estar establecido en la Ley Electoral; segundo, si se paga por esta vía, sería el pueblo quien pague con sus impuestos, y no quien contamina. Pero al menos que no se les regrese lo que significa el desmontaje; sin embargo, el costo en recursos, y el costo que significa para el medioambiente toda esta basura, seguirá sin pagarse.
Quienes deberían pagar son los partidos políticos y las agencias de publicidad. El presupuesto de las campañas debería incluir el desmontaje. Pero como esto tampoco arregla el problema ambiental y de gastos, debería establecerse un costo máximo para las campañas. Y no sólo para asumir la descontaminación, debe establecerse una cantidad máxima de soportes publicitarios. Se debe cuantificar todo, por varias razones: evitar la contaminación con la propia campaña, evitar que el pueblo pague el desmontaje; minimizar la producción de residuos; ahorrar recursos. Porque no es ético que mientras haya tanta pobreza se gaste tanto en promesas (alguien dirá que soy ingenua al pensar en ética electoral, pero a lo mejor sí es válido, si se reconcilia la necesidad con el derroche). Y es injusto que cerca de un ranchito a oscuras en la carretera haya un gran rótulo iluminado y a todo color; que por todas las calles haya mantas publicitarias, mientras por todas las calles y campos andan personas con trapos rotos. Es una burla que mientras en el Hospital Materno Infantil Fernando Vélez Paiz haga falta un rótulo para pedir a los conductores que no suenen la bocina, haya cientos de mensajes electorales ofreciendo salud y besando niños y niñas. Es triste que mientras se gasta tanto en las campañas, haya estudiantes que no tienen cuadernos, ya no digamos los que ni siquiera tienen acceso a la escuela. Bueno, podría todo esto ser aceptable si gracias a tanta publicidad, las personas no olvidan las promesas de todos los partidos y exigen para que se hagan realidad con el actuar de todos los electos.
Pero “quien contamina paga” no se refiere sólo a los políticos. Incumbe a todo el que contamina. Por ejemplo, ante los malos olores o los gases emanados por una fábrica, o los residuos que pudren las aguas y el aire, como en el valle de Sébaco, la gente tiene que gastar en recuperar su salud. Ante el ruido de un restaurante, una discoteca, una fábrica, las víctimas, si pueden, tienen que acondicionar sus casas para evitar la inmisión sonora y gastar en medicina debido a los efectos que sufren, pero quien debe asumir todos esos gastos es la empresa que contamina. Dice la Organización Mundial de la Salud que “los responsables de la fuente de ruido deben asumir los costos totales asociados con la contaminación sonora (incluido el monitoreo, manejo, reducción y supervisión)”.
Hay que enfatizar que el principio “quien contamina paga” no se refiere sólo a indemnizar o a mitigar los daños al medioambiente, sino a invertir para evitar la contaminación. No significa que voy a contaminar y luego voy a pagar, sino evitar la contaminación pagando para implementar medidas preventivas; de ahí que los principios del Derecho Ambiental van concatenados: junto a quien contamina paga tenemos los principios de prevención y precaución.
Para asegurar que las empresas indemnicen, hay muchos instrumentos, como el seguro ecológico. Un requisito para cada partido debería ser este seguro no sólo para desmontar la campaña, sino para indemnizar a quienes fueron afectados, por ejemplo, los controlistas de los estruendosos equipos de sonido.
Ojalá que para las futuras campañas los partidos políticos ya tengan seguro ecológico, para que las alcaldías, vale decir el pueblo, no asuman el desmontaje de la basura electoral. Esto debería ser para todas las empresas, instituciones y organizaciones contaminantes.
El Nuevo Diario - Managua, Nicaragua - Miércoles 29 de Noviembre de 2006 - Edición 9446
http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2006/11/29/opinion/35085
“Quien contamina paga” es un principio internacional del Derecho Ambiental. Significa que las empresas, instituciones, organizaciones, partidos políticos, países y personas que contaminan deben asumir los costos que implica esa contaminación. Se debe evitar que las víctimas, el Estado o la sociedad asuman los costos por los efectos adversos de sus actividades sobre el medio ambiente y las personas.
Después de las elecciones, las alcaldías están limpiando o buscando cómo limpiar la basura que dejó la campaña. Algunos alcaldes dicen que los partidos políticos es difícil que paguen y que solicitarán apoyo al Consejo Supremo Electoral para que les ayude: de lo que corresponde rembolsar a cada partido en concepto de gastos en la campaña, que se le retenga lo concerniente a la limpieza de la basura electoral.
Hay dos situaciones, en primer lugar, debería estar establecido en la Ley Electoral; segundo, si se paga por esta vía, sería el pueblo quien pague con sus impuestos, y no quien contamina. Pero al menos que no se les regrese lo que significa el desmontaje; sin embargo, el costo en recursos, y el costo que significa para el medioambiente toda esta basura, seguirá sin pagarse.
Quienes deberían pagar son los partidos políticos y las agencias de publicidad. El presupuesto de las campañas debería incluir el desmontaje. Pero como esto tampoco arregla el problema ambiental y de gastos, debería establecerse un costo máximo para las campañas. Y no sólo para asumir la descontaminación, debe establecerse una cantidad máxima de soportes publicitarios. Se debe cuantificar todo, por varias razones: evitar la contaminación con la propia campaña, evitar que el pueblo pague el desmontaje; minimizar la producción de residuos; ahorrar recursos. Porque no es ético que mientras haya tanta pobreza se gaste tanto en promesas (alguien dirá que soy ingenua al pensar en ética electoral, pero a lo mejor sí es válido, si se reconcilia la necesidad con el derroche). Y es injusto que cerca de un ranchito a oscuras en la carretera haya un gran rótulo iluminado y a todo color; que por todas las calles haya mantas publicitarias, mientras por todas las calles y campos andan personas con trapos rotos. Es una burla que mientras en el Hospital Materno Infantil Fernando Vélez Paiz haga falta un rótulo para pedir a los conductores que no suenen la bocina, haya cientos de mensajes electorales ofreciendo salud y besando niños y niñas. Es triste que mientras se gasta tanto en las campañas, haya estudiantes que no tienen cuadernos, ya no digamos los que ni siquiera tienen acceso a la escuela. Bueno, podría todo esto ser aceptable si gracias a tanta publicidad, las personas no olvidan las promesas de todos los partidos y exigen para que se hagan realidad con el actuar de todos los electos.
Pero “quien contamina paga” no se refiere sólo a los políticos. Incumbe a todo el que contamina. Por ejemplo, ante los malos olores o los gases emanados por una fábrica, o los residuos que pudren las aguas y el aire, como en el valle de Sébaco, la gente tiene que gastar en recuperar su salud. Ante el ruido de un restaurante, una discoteca, una fábrica, las víctimas, si pueden, tienen que acondicionar sus casas para evitar la inmisión sonora y gastar en medicina debido a los efectos que sufren, pero quien debe asumir todos esos gastos es la empresa que contamina. Dice la Organización Mundial de la Salud que “los responsables de la fuente de ruido deben asumir los costos totales asociados con la contaminación sonora (incluido el monitoreo, manejo, reducción y supervisión)”.
Hay que enfatizar que el principio “quien contamina paga” no se refiere sólo a indemnizar o a mitigar los daños al medioambiente, sino a invertir para evitar la contaminación. No significa que voy a contaminar y luego voy a pagar, sino evitar la contaminación pagando para implementar medidas preventivas; de ahí que los principios del Derecho Ambiental van concatenados: junto a quien contamina paga tenemos los principios de prevención y precaución.
Para asegurar que las empresas indemnicen, hay muchos instrumentos, como el seguro ecológico. Un requisito para cada partido debería ser este seguro no sólo para desmontar la campaña, sino para indemnizar a quienes fueron afectados, por ejemplo, los controlistas de los estruendosos equipos de sonido.
Ojalá que para las futuras campañas los partidos políticos ya tengan seguro ecológico, para que las alcaldías, vale decir el pueblo, no asuman el desmontaje de la basura electoral. Esto debería ser para todas las empresas, instituciones y organizaciones contaminantes.
El Nuevo Diario - Managua, Nicaragua - Miércoles 29 de Noviembre de 2006 - Edición 9446
http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2006/11/29/opinion/35085
lunes, 14 de febrero de 2011
El ruido en la escuela puede afectar el aprendizaje
Doraldina Zeledón Úbeda
El Nuevo Diario. Managua. 14 de febrero del 2011.
¿Se preocupan los padres de familia por el ruido en las escuelas? ¿Saben cómo afecta a sus hijos e hijas? Las fuentes de ruido en los centros son muchas: parlantes para orientaciones al inicio de clases, que en algunos casos son ensordecedores, y más bien pueden promover que los alumnos no presten atención. Entonces, están en paralelo el mensaje de los directores y las conversaciones. Timbre, bandas musicales, silbatos, deportes, clases de danza con música a todo volumen, talleres de cocina, carpintería, etc. Ruido externo: transporte, pregones de vendedores ambulantes y publicidad móvil, música del vecindario, voces de transeúntes. Todo esto hace que el ruido en la escuela sea constante y con altos niveles sonoros.
Y hay algo que probablemente no advertimos: la voz de los propios alumnos. Según la Organización Mundial de la Salud, el ruido de fondo en el aula debe ser de 35 decibeles, y 50 decibeles con la voz del maestro. Y a veces hablan varios a la vez, lo que aumenta el nivel sonoro. O cuando se trabaja en grupo, si no aprenden a bajar la voz y a no arrastrar los pupitres, el aula puede ser un factor de riesgo para la salud y el aprendizaje.
Los efectos del ruido en la salud pueden ser: molestias, decaimiento, estrés, cansancio, malestar general, dolor de cabeza, náusea, aumento de la presión arterial, mareos, acidez estomacal.
Efectos en el aprendizaje: incomprensión de textos o explicaciones, falta de concentración, confusión de sonidos semejantes. Esto puede llevar también a la poca participación, dificultades para seguir el hilo de la clase, apatía, aislamiento o desorden.
Habría que agregar los efectos en los alumnos que tienen problemas de audición, y especialmente en aquellos a los que no se les ha diagnosticado, y puede acentuar la poca participación y el aislamiento. Además, al afectar la salud, puede incidir en el rendimiento escolar, por indisposición o ausencias.
Después de pasar expuestos a explosiones de pólvora, a reproductores personales de música, juegos electrónicos, discotecas, etc., sería conveniente realizarles exámenes auditivos, porque si además del ruido de la escuela tienen problemas de audición no controlados, el aprendizaje puede venirse abajo aunque el niño no falte.
Otro factor que influye es el diseño arquitectónico de la escuela, las condiciones de conservación de la infraestructura del edificio, la ubicación. Todo esto constituye un obstáculo para la calidad de la educación, y no sólo en los centros de Preescolar, Primaria y Secundaria, también en la Universidad.
Los esfuerzos por mejorar la educación deberían contemplar normas técnicas para la construcción de centros educativos. Evitar que estén a la orilla de la calle y contar con muro perimetral. Canchas, talleres, bandas musicales, los parqueos deberían estar retirados de las aulas. Debida separación entre salones, con paredes altas para aislar el ruido entre ellos, o al menos cerrar huecos. Los ventanales no deberían dar a la calle, contar con cielorraso, que además de amortiguar el calor disminuye el ruido.
Cuando las posibilidades lo permitan, aplicar normas de aislamiento acústico en aulas, auditorios, bibliotecas y laboratorios. Los pupitres deberían estar acondicionados para hacer el menor ruido posible, por ejemplo, colocar caucho en las patas y ser livianos.
Los docentes pueden hacer mucho con los estudiantes: ejercicios de mover los pupitres sin hacer ruido, bajar la voz para que tengan que hacer silencio. Inducirlos a realizar las actividades sin generar ruido (no tirar las puertas, no gritar, bajar el volumen a equipos de sonido).
Identificar fuentes de ruido en la escuela, en la casa, en el barrio en la ciudad. Hacer un recorrido para escuchar sonidos (paseo sonoro), ir anotando las fuentes y después clasificarlos entre sonidos agradables y ruidos (sonidos no deseados).
Investigar sobre los efectos en la salud, en los derechos humanos. Conocer las leyes. Se debería comenzar desde el primer día de clases, de manera incidental a la hora de dar orientaciones o elaborar las normas sociales de convivencia en la escuela y en el aula.
Además de ver el problema de forma incidental cada vez que se preste el momento, es necesario también abordar el tema de manera directa y específica, para profundizar. Y de forma transversal en todas las asignaturas. Hacer de la clase una práctica integradora, no aislada, inculcar valores, como el respeto a los derechos de los demás, tanto en la escuela como en el hogar y en el vecindario. No sólo aprender a defender su derecho a la tranquilidad y a la salud, al aprendizaje, sino que vayan aprendiendo a respetar a los otros, así formaríamos vecinos y empresarios respetuosos y funcionarios responsables.
El tema se puede abordar desde las Ciencias Sociales en el ámbito urbano: industria, transporte, construcción, recreación, relaciones de vecindad. Desde la cultura: costumbres dañinas, como morteros, pólvora, música a todo volumen, hablar a gritos. Desde las ciencias naturales: la anatomía y fisiología del oído; desde la física, mediante el estudio del sonido; o la tecnología, por ejemplo, los medios portátiles de reproducción musical (mp3) y sus efectos en la audición.
Desde el lenguaje y la literatura hay infinidad de formas para construir un ambiente de paz sonora, comenzando por aprender a callarse para poder escuchar. Igualmente se puede trabajar en clases de música, pintura, teatro.
El tema de la contaminación acústica es parte de la educación ambiental. Hay docentes conscientes, pero algunos se preguntan, ¿cómo hacerlo? La capacitación es necesaria. Y las condiciones. No basta estar conscientes, también hace falta la educación de la voz de los maestros para gritar menos y no terminar afónicos y detrás de pensiones por incapacidad.
¿Y qué les parece un paseo por las escuelas para constatar en qué ambiente sonoro están sus hijos?
El Nuevo Diario. Managua. 14 de febrero del 2011.
¿Se preocupan los padres de familia por el ruido en las escuelas? ¿Saben cómo afecta a sus hijos e hijas? Las fuentes de ruido en los centros son muchas: parlantes para orientaciones al inicio de clases, que en algunos casos son ensordecedores, y más bien pueden promover que los alumnos no presten atención. Entonces, están en paralelo el mensaje de los directores y las conversaciones. Timbre, bandas musicales, silbatos, deportes, clases de danza con música a todo volumen, talleres de cocina, carpintería, etc. Ruido externo: transporte, pregones de vendedores ambulantes y publicidad móvil, música del vecindario, voces de transeúntes. Todo esto hace que el ruido en la escuela sea constante y con altos niveles sonoros.
Y hay algo que probablemente no advertimos: la voz de los propios alumnos. Según la Organización Mundial de la Salud, el ruido de fondo en el aula debe ser de 35 decibeles, y 50 decibeles con la voz del maestro. Y a veces hablan varios a la vez, lo que aumenta el nivel sonoro. O cuando se trabaja en grupo, si no aprenden a bajar la voz y a no arrastrar los pupitres, el aula puede ser un factor de riesgo para la salud y el aprendizaje.
Los efectos del ruido en la salud pueden ser: molestias, decaimiento, estrés, cansancio, malestar general, dolor de cabeza, náusea, aumento de la presión arterial, mareos, acidez estomacal.
Efectos en el aprendizaje: incomprensión de textos o explicaciones, falta de concentración, confusión de sonidos semejantes. Esto puede llevar también a la poca participación, dificultades para seguir el hilo de la clase, apatía, aislamiento o desorden.
Habría que agregar los efectos en los alumnos que tienen problemas de audición, y especialmente en aquellos a los que no se les ha diagnosticado, y puede acentuar la poca participación y el aislamiento. Además, al afectar la salud, puede incidir en el rendimiento escolar, por indisposición o ausencias.
Después de pasar expuestos a explosiones de pólvora, a reproductores personales de música, juegos electrónicos, discotecas, etc., sería conveniente realizarles exámenes auditivos, porque si además del ruido de la escuela tienen problemas de audición no controlados, el aprendizaje puede venirse abajo aunque el niño no falte.
Otro factor que influye es el diseño arquitectónico de la escuela, las condiciones de conservación de la infraestructura del edificio, la ubicación. Todo esto constituye un obstáculo para la calidad de la educación, y no sólo en los centros de Preescolar, Primaria y Secundaria, también en la Universidad.
Los esfuerzos por mejorar la educación deberían contemplar normas técnicas para la construcción de centros educativos. Evitar que estén a la orilla de la calle y contar con muro perimetral. Canchas, talleres, bandas musicales, los parqueos deberían estar retirados de las aulas. Debida separación entre salones, con paredes altas para aislar el ruido entre ellos, o al menos cerrar huecos. Los ventanales no deberían dar a la calle, contar con cielorraso, que además de amortiguar el calor disminuye el ruido.
Cuando las posibilidades lo permitan, aplicar normas de aislamiento acústico en aulas, auditorios, bibliotecas y laboratorios. Los pupitres deberían estar acondicionados para hacer el menor ruido posible, por ejemplo, colocar caucho en las patas y ser livianos.
Los docentes pueden hacer mucho con los estudiantes: ejercicios de mover los pupitres sin hacer ruido, bajar la voz para que tengan que hacer silencio. Inducirlos a realizar las actividades sin generar ruido (no tirar las puertas, no gritar, bajar el volumen a equipos de sonido).
Identificar fuentes de ruido en la escuela, en la casa, en el barrio en la ciudad. Hacer un recorrido para escuchar sonidos (paseo sonoro), ir anotando las fuentes y después clasificarlos entre sonidos agradables y ruidos (sonidos no deseados).
Investigar sobre los efectos en la salud, en los derechos humanos. Conocer las leyes. Se debería comenzar desde el primer día de clases, de manera incidental a la hora de dar orientaciones o elaborar las normas sociales de convivencia en la escuela y en el aula.
Además de ver el problema de forma incidental cada vez que se preste el momento, es necesario también abordar el tema de manera directa y específica, para profundizar. Y de forma transversal en todas las asignaturas. Hacer de la clase una práctica integradora, no aislada, inculcar valores, como el respeto a los derechos de los demás, tanto en la escuela como en el hogar y en el vecindario. No sólo aprender a defender su derecho a la tranquilidad y a la salud, al aprendizaje, sino que vayan aprendiendo a respetar a los otros, así formaríamos vecinos y empresarios respetuosos y funcionarios responsables.
El tema se puede abordar desde las Ciencias Sociales en el ámbito urbano: industria, transporte, construcción, recreación, relaciones de vecindad. Desde la cultura: costumbres dañinas, como morteros, pólvora, música a todo volumen, hablar a gritos. Desde las ciencias naturales: la anatomía y fisiología del oído; desde la física, mediante el estudio del sonido; o la tecnología, por ejemplo, los medios portátiles de reproducción musical (mp3) y sus efectos en la audición.
Desde el lenguaje y la literatura hay infinidad de formas para construir un ambiente de paz sonora, comenzando por aprender a callarse para poder escuchar. Igualmente se puede trabajar en clases de música, pintura, teatro.
El tema de la contaminación acústica es parte de la educación ambiental. Hay docentes conscientes, pero algunos se preguntan, ¿cómo hacerlo? La capacitación es necesaria. Y las condiciones. No basta estar conscientes, también hace falta la educación de la voz de los maestros para gritar menos y no terminar afónicos y detrás de pensiones por incapacidad.
¿Y qué les parece un paseo por las escuelas para constatar en qué ambiente sonoro están sus hijos?
jueves, 6 de enero de 2011
Sistema de salud: “¿por qué tiene que ser el único?”
Doraldina Zeledón Úbeda
END - 19:37 - 05/01/2011
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/91734
“Patch Adams” es la película basada en la historia del médico Hunter Adams. Después del suicidio de su tío, se internó en un psiquiátrico porque también él trató de hacerlo. Lo ubicaron con Rudy, quien tenía miedo a las ardillas que supuestamente invadían la habitación. En lugar de enojarse o pedirle que se callara, lo invitó a que jugaran a matarlas. Logró que pasara feliz y dejara el miedo. En una sesión con el doctor y otros internos, consiguió que éstos disfrutaran del encuentro. Se convenció de que era fácil comunicarse con los demás y ayudarles a mejorar su salud, mientras observaba que los médicos ni siquiera veían a los pacientes cuando hablaban con ellos. Un científico internado le enseñó a “ver lo que los otros no ven, lo que deciden no ver”. Y así, Patch “volvería a encontrar el buen camino, en el lugar más inesperado”.
Decidió salirse del hospital para estudiar medicina, convencido de las carencias del sistema. En la Facultad comienza a cuestionar esquemas y a querer cambiar la indiferencia, la fría relación profesional, por una relación de amor con los pacientes, especialmente mediante la comunicación, incluido el humor. De ahí, el “Médico de la Risa”. Yo diría, el médico comunicador, el médico del amor, aunque por sus conceptos, esto sería redundante.
Patch le da mucha importancia al acto de escuchar. Dice que su tío lo escuchaba, que le ayudaba. Luego él ayuda a los pacientes. “Haciendo algo tan sencillo, como es escuchar, lo que lo convierte en médico”. Consigue el apoyo de las enfermeras que le permiten entrar a las salas a escondidas del Director. También logra ser el mejor alumno. Y su estudioso compañero de habitación, que no creía en sus ideas, le pide ayuda: “sé todo lo necesario, pero no puedo hacerla que coma, tú tienes ese don”.
Cuestiona que a los hospitalizados los llamen por números. Cuando el profesor pregunta si tienen dudas, Patch interroga: “¿cómo se llama la paciente?” Y es aleccionadora su respuesta al Director de la Escuela, quien sí lo comprende, pero le dice: “el sistema es lo que es y es lo que tenemos”. Él le contesta: “¿Por qué tiene que ser el único? ¿Por qué no cambiarlo?” Y demuestra que se puede transformar, cambiando los paradigmas.
Para el Decano los médicos no se deben rebajar hasta los pacientes, porque destruyen la objetividad. Lo censura por pretender modificar las normas, producto de siglos de experiencia. Inclusive le critica ser “demasiado feliz”: si quiere ser payaso, váyase a un circo, los enfermos no buscan un payaso o un amigo, necesitan un médico. Patch afirma que en el psiquiátrico quienes le ayudaron fueron sus compañeros, no los médicos. Y cuando decide organizar su hospital declara que utilizarán el humor para curar y no habrá títulos ni jefes. El objetivo será el amor. Y el aprendizaje, la meta más alta, pero en contacto con las personas. Su método será juntar la teoría con la práctica, donde todos serán médicos y pacientes a la vez. En cambio, en la Facultad buscan el reconocimiento, la bata blanca, el título.
Y creó la clínica. Durante el juicio para ver si continuaba o lo expulsaban por ejercer sin licencia, acepta que es culpable “si dar tratamiento es abrir la puerta a los necesitados, a los que sufren, al que busca ayuda física o sicológica; cuidarlos, escucharlos…”. Y ante la pregunta de qué habría hecho en caso de muerte, responde: “Si vamos a luchar contra la muerte, luchemos contra la indiferencia que es el peor enemigo”. “¿Por qué no tratar la muerte con una dosis de humanidad, dignidad, decencia y si no hay otro remedio, con humor?” “La misión del médico no debería reducirse sólo a prevenir la muerte, sino en mejorar la calidad de vida; por eso, si se trata una enfermedad se gana o se pierde. Si se trata a la persona, puedo garantizarles que siempre se gana, no importa el resultado” Y les dice que quiere ser médico para servir y que si no le permiten seguir en la Facultad, no le impedirán estudiar y ayudar a los demás, aunque no tenga la bata blanca.
Lo que observaba Patch, lo vemos aquí. Y más. En los centros privados los médicos son muy amables, pero algunos, mientras hablamos, están frente a su computadora o con el celular. Y en los mal llamados hospitales gratuitos (pagamos mediante impuestos) no están frente a la computadora, sino ante una gran fila, y no tienen tiempo para volverte a ver. Pero no creo que hagan daño por dolo. El problema es el sistema enfermo o la interrelación de los sistemas que se infectan de forma crónica. Porque esto no es nuevo, pero poco hacemos. Y esperamos que alguien venga a salvarnos. O nos acostumbramos a que “el sistema es lo que es y es lo que tenemos”. Es más cómodo. ¿Por qué no eliminar el sarro que paraliza las pinzas, las mentes, los cuerpos, las instituciones y los sistemas?
Bueno, hay médicos que fabrican tiempo para escuchar y explicar. Dan confianza y devuelven la vida o al menos las ganas de vivir. A lo mejor, en cada hospital y en cada facultad, hay un Patch Adams que no encaje en el sistema, y “aprende a ver lo que los demás no ven o deciden no ver, por temor, conformismo o pereza” y se pregunte “¿por qué no cambiarlo?”
El Dr. Hunter “Patch” Adams es también payaso profesional, conferencista, escritor. Ha estado en hospitales, universidades, institutos de América Latina. Viaja por el mundo llevando salud con alegría y amor.
doraldinazu@gmail.com
END - 19:37 - 05/01/2011
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/91734
“Patch Adams” es la película basada en la historia del médico Hunter Adams. Después del suicidio de su tío, se internó en un psiquiátrico porque también él trató de hacerlo. Lo ubicaron con Rudy, quien tenía miedo a las ardillas que supuestamente invadían la habitación. En lugar de enojarse o pedirle que se callara, lo invitó a que jugaran a matarlas. Logró que pasara feliz y dejara el miedo. En una sesión con el doctor y otros internos, consiguió que éstos disfrutaran del encuentro. Se convenció de que era fácil comunicarse con los demás y ayudarles a mejorar su salud, mientras observaba que los médicos ni siquiera veían a los pacientes cuando hablaban con ellos. Un científico internado le enseñó a “ver lo que los otros no ven, lo que deciden no ver”. Y así, Patch “volvería a encontrar el buen camino, en el lugar más inesperado”.
Decidió salirse del hospital para estudiar medicina, convencido de las carencias del sistema. En la Facultad comienza a cuestionar esquemas y a querer cambiar la indiferencia, la fría relación profesional, por una relación de amor con los pacientes, especialmente mediante la comunicación, incluido el humor. De ahí, el “Médico de la Risa”. Yo diría, el médico comunicador, el médico del amor, aunque por sus conceptos, esto sería redundante.
Patch le da mucha importancia al acto de escuchar. Dice que su tío lo escuchaba, que le ayudaba. Luego él ayuda a los pacientes. “Haciendo algo tan sencillo, como es escuchar, lo que lo convierte en médico”. Consigue el apoyo de las enfermeras que le permiten entrar a las salas a escondidas del Director. También logra ser el mejor alumno. Y su estudioso compañero de habitación, que no creía en sus ideas, le pide ayuda: “sé todo lo necesario, pero no puedo hacerla que coma, tú tienes ese don”.
Cuestiona que a los hospitalizados los llamen por números. Cuando el profesor pregunta si tienen dudas, Patch interroga: “¿cómo se llama la paciente?” Y es aleccionadora su respuesta al Director de la Escuela, quien sí lo comprende, pero le dice: “el sistema es lo que es y es lo que tenemos”. Él le contesta: “¿Por qué tiene que ser el único? ¿Por qué no cambiarlo?” Y demuestra que se puede transformar, cambiando los paradigmas.
Para el Decano los médicos no se deben rebajar hasta los pacientes, porque destruyen la objetividad. Lo censura por pretender modificar las normas, producto de siglos de experiencia. Inclusive le critica ser “demasiado feliz”: si quiere ser payaso, váyase a un circo, los enfermos no buscan un payaso o un amigo, necesitan un médico. Patch afirma que en el psiquiátrico quienes le ayudaron fueron sus compañeros, no los médicos. Y cuando decide organizar su hospital declara que utilizarán el humor para curar y no habrá títulos ni jefes. El objetivo será el amor. Y el aprendizaje, la meta más alta, pero en contacto con las personas. Su método será juntar la teoría con la práctica, donde todos serán médicos y pacientes a la vez. En cambio, en la Facultad buscan el reconocimiento, la bata blanca, el título.
Y creó la clínica. Durante el juicio para ver si continuaba o lo expulsaban por ejercer sin licencia, acepta que es culpable “si dar tratamiento es abrir la puerta a los necesitados, a los que sufren, al que busca ayuda física o sicológica; cuidarlos, escucharlos…”. Y ante la pregunta de qué habría hecho en caso de muerte, responde: “Si vamos a luchar contra la muerte, luchemos contra la indiferencia que es el peor enemigo”. “¿Por qué no tratar la muerte con una dosis de humanidad, dignidad, decencia y si no hay otro remedio, con humor?” “La misión del médico no debería reducirse sólo a prevenir la muerte, sino en mejorar la calidad de vida; por eso, si se trata una enfermedad se gana o se pierde. Si se trata a la persona, puedo garantizarles que siempre se gana, no importa el resultado” Y les dice que quiere ser médico para servir y que si no le permiten seguir en la Facultad, no le impedirán estudiar y ayudar a los demás, aunque no tenga la bata blanca.
Lo que observaba Patch, lo vemos aquí. Y más. En los centros privados los médicos son muy amables, pero algunos, mientras hablamos, están frente a su computadora o con el celular. Y en los mal llamados hospitales gratuitos (pagamos mediante impuestos) no están frente a la computadora, sino ante una gran fila, y no tienen tiempo para volverte a ver. Pero no creo que hagan daño por dolo. El problema es el sistema enfermo o la interrelación de los sistemas que se infectan de forma crónica. Porque esto no es nuevo, pero poco hacemos. Y esperamos que alguien venga a salvarnos. O nos acostumbramos a que “el sistema es lo que es y es lo que tenemos”. Es más cómodo. ¿Por qué no eliminar el sarro que paraliza las pinzas, las mentes, los cuerpos, las instituciones y los sistemas?
Bueno, hay médicos que fabrican tiempo para escuchar y explicar. Dan confianza y devuelven la vida o al menos las ganas de vivir. A lo mejor, en cada hospital y en cada facultad, hay un Patch Adams que no encaje en el sistema, y “aprende a ver lo que los demás no ven o deciden no ver, por temor, conformismo o pereza” y se pregunte “¿por qué no cambiarlo?”
El Dr. Hunter “Patch” Adams es también payaso profesional, conferencista, escritor. Ha estado en hospitales, universidades, institutos de América Latina. Viaja por el mundo llevando salud con alegría y amor.
doraldinazu@gmail.com
miércoles, 22 de diciembre de 2010
“Enseñarás a volar...pero no volarán tu vuelo”
Doraldina Zeledón Úbeda
END - 21:01 - 21/12/2010
Pero sabrás
que cada vez que ellos vuelen, sueñen,
vivan, canten y piensen...
¡Estará en ellos la semilla
del camino enseñado y aprendido!
Madre Teresa de Calcuta
Desde mi opción por el magisterio, conocí a la profesora Socorro Bonilla. Tuve el placer de ser su alumna en la asignatura “Técnicas de expresión oral”, en la carrera de español. Sí, era placer, porque fue una clase muy bonita. Y exigente. Me gustaba observarla, siempre andaba elegante. Su postura, su vestido y accesorios, sus palabras, todo en ella armonizaba. Su sola presencia hablaba.
Eran sesiones durante las cuales nos daba de todo: rigor, arte, ciencia, sentimientos. Me gustaba, a pesar de la tensión; pues como es lógico, había que expresarse de forma oral. Y cada día sudábamos, esperando que nos llegara el turno de pasar adelante para leer, describir, narrar o argumentar algo. Con ella conocí la declamación coral. Decía que los profesores y las profesoras deberíamos ser artistas.
Lo bonito y lo exigente era aprender a comunicarnos con la voz, el cuerpo, los desplazamientos, la distancia o la cercanía, la mirada, los gestos, el silencio, el sentimiento, la vestimenta, la postura, el formato y tipo de papel que contenía nuestro mensaje; el arreglo del escenario para que no interfiera la comunicación, sino que la permita y la refuerce. Y el uso correcto de las palabras, los sinónimos para evitar el empobrecimiento del lenguaje. Desde encontrar la “palabra exacta”, la estructura de la oración, hasta llegar al discurso, a la organización del pensamiento y su coherencia y enriquecimiento con la expresión oral. Y la coherencia con el ser. Además de todos los requisitos de la forma, las lecturas que seleccionaba tenían un contenido profundo. Recuerdo “El ruiseñor y la rosa” o “Que despierte el leñador”. Las técnicas del discurso se hermanaban con el mensaje para marcar huellas poderosas. Por supuesto, se necesitaba la práctica y dominio del tema que ella tenía.
No olvido el trabajo final. Nos orientó un discurso sobre un escritor nicaragüense. Yo elegí al Dr. Alejandro Dávila Bolaños, que recién lo había matado la guardia de Somoza, de forma terrible. Escribí sobre su vida, la obra y su muerte (lo sacaron del hospital, igual que a otros, los rociaron con gasolina y los quemaron vivos). Recuerdo que cuando leía mi trabajo, se me rodaban las lágrimas, y al ver al público, observé que a varias compañeras les pasaba lo mismo. Era algo muy fuerte y reciente; y me recordaba a familiares y conocidos que murieron durante las insurrecciones de Estelí. Todavía el ruido de los helicópteros rozando el zinc y las miradas de los guardias, me electrizaban la columna. Pensé que no estaba en condiciones de aplicar las técnicas. Y le dije: profesora, ya no puedo seguir. Se me acercó y me contestó, sí puede, lo está haciendo muy bien. Vamos, continúe. Pude contener la emoción y terminé (llorando).
Fue una asignatura que me marcó, además de ser una clase agradable, es útil en todas las profesiones y en cualquier ámbito de la vida. Y sin lugar a dudas, el hecho de aprender a callarme para poder escuchar y observar, fue otro de los elementos que me indujeron a valorar el silencio. O más bien, la ausencia de sonidos molestos, porque el silencio absoluto no existe. Entre más nos callemos, más sonidos escucharemos, inclusive el pensamiento y los sentimientos del interlocutor. Y las voces de nuestro corazón o las que claman sin hablar. O el canto apagado del ruiseñor.
Y cuando en la Universidad me preguntaron si quería impartir la asignatura para la carrera de Periodismo, no la pensé y lo primero que hice fue buscar los folletos de la profesora Socorro Bonilla y hacer mi adaptación. Al evaluar la clase, me preguntaba ¿cómo me evaluaría ella ahora? Porque nos enseñó a volar, pero jamás volaremos su vuelo.
Gracias, Profesora, que un coro de ángeles haya aplaudido a su llegada. Que tenga el escenario ideal para descansar feliz y en paz.
END - 21:01 - 21/12/2010
Pero sabrás
que cada vez que ellos vuelen, sueñen,
vivan, canten y piensen...
¡Estará en ellos la semilla
del camino enseñado y aprendido!
Madre Teresa de Calcuta
Desde mi opción por el magisterio, conocí a la profesora Socorro Bonilla. Tuve el placer de ser su alumna en la asignatura “Técnicas de expresión oral”, en la carrera de español. Sí, era placer, porque fue una clase muy bonita. Y exigente. Me gustaba observarla, siempre andaba elegante. Su postura, su vestido y accesorios, sus palabras, todo en ella armonizaba. Su sola presencia hablaba.
Eran sesiones durante las cuales nos daba de todo: rigor, arte, ciencia, sentimientos. Me gustaba, a pesar de la tensión; pues como es lógico, había que expresarse de forma oral. Y cada día sudábamos, esperando que nos llegara el turno de pasar adelante para leer, describir, narrar o argumentar algo. Con ella conocí la declamación coral. Decía que los profesores y las profesoras deberíamos ser artistas.
Lo bonito y lo exigente era aprender a comunicarnos con la voz, el cuerpo, los desplazamientos, la distancia o la cercanía, la mirada, los gestos, el silencio, el sentimiento, la vestimenta, la postura, el formato y tipo de papel que contenía nuestro mensaje; el arreglo del escenario para que no interfiera la comunicación, sino que la permita y la refuerce. Y el uso correcto de las palabras, los sinónimos para evitar el empobrecimiento del lenguaje. Desde encontrar la “palabra exacta”, la estructura de la oración, hasta llegar al discurso, a la organización del pensamiento y su coherencia y enriquecimiento con la expresión oral. Y la coherencia con el ser. Además de todos los requisitos de la forma, las lecturas que seleccionaba tenían un contenido profundo. Recuerdo “El ruiseñor y la rosa” o “Que despierte el leñador”. Las técnicas del discurso se hermanaban con el mensaje para marcar huellas poderosas. Por supuesto, se necesitaba la práctica y dominio del tema que ella tenía.
No olvido el trabajo final. Nos orientó un discurso sobre un escritor nicaragüense. Yo elegí al Dr. Alejandro Dávila Bolaños, que recién lo había matado la guardia de Somoza, de forma terrible. Escribí sobre su vida, la obra y su muerte (lo sacaron del hospital, igual que a otros, los rociaron con gasolina y los quemaron vivos). Recuerdo que cuando leía mi trabajo, se me rodaban las lágrimas, y al ver al público, observé que a varias compañeras les pasaba lo mismo. Era algo muy fuerte y reciente; y me recordaba a familiares y conocidos que murieron durante las insurrecciones de Estelí. Todavía el ruido de los helicópteros rozando el zinc y las miradas de los guardias, me electrizaban la columna. Pensé que no estaba en condiciones de aplicar las técnicas. Y le dije: profesora, ya no puedo seguir. Se me acercó y me contestó, sí puede, lo está haciendo muy bien. Vamos, continúe. Pude contener la emoción y terminé (llorando).
Fue una asignatura que me marcó, además de ser una clase agradable, es útil en todas las profesiones y en cualquier ámbito de la vida. Y sin lugar a dudas, el hecho de aprender a callarme para poder escuchar y observar, fue otro de los elementos que me indujeron a valorar el silencio. O más bien, la ausencia de sonidos molestos, porque el silencio absoluto no existe. Entre más nos callemos, más sonidos escucharemos, inclusive el pensamiento y los sentimientos del interlocutor. Y las voces de nuestro corazón o las que claman sin hablar. O el canto apagado del ruiseñor.
Y cuando en la Universidad me preguntaron si quería impartir la asignatura para la carrera de Periodismo, no la pensé y lo primero que hice fue buscar los folletos de la profesora Socorro Bonilla y hacer mi adaptación. Al evaluar la clase, me preguntaba ¿cómo me evaluaría ella ahora? Porque nos enseñó a volar, pero jamás volaremos su vuelo.
Gracias, Profesora, que un coro de ángeles haya aplaudido a su llegada. Que tenga el escenario ideal para descansar feliz y en paz.
sábado, 18 de diciembre de 2010
Paradojas de la fe con pólvora
Doraldina Zeledón Úbeda
END - 19:50 - 17/12/2010
Creía que la iglesia católica no podría evitar la explosión de pólvora, que si le pidiera a la población que no dispare cohetes, ésta siempre lo haría. Un sacerdote me aclaró: cuando comenzaban los rezos de la Purísima, lo escuché invitando a sus feligreses, desde una radioemisora. Decía que a las cuatro de la madrugada comienzan a tirar cohetes para que la gente se concentre, pero que la procesión comenzaba a las cinco. Las primeras detonaciones son el reloj despertador... ¡Pudieran dejarme dormir una hora más! Creía que la pólvora no era asunto de los párrocos porque cuando pasa la procesión el cura pide a María por “la salud de los que viven en este sector”.
Nos despiertan con el ruido, contaminan con el olor y las partículas, nos ponen en riesgo con las varillas de los cohetes que, todavía con fuego, caen sobre el zinc, quedan entre los árboles, se clavan en los patios y hasta se ensartan en la ropa tendida. Esto puede herir a alguien o generar incendios, como sucedió en los tramos de pólvora, causado por un cohete que cayó en el patio. Así, mientras piden por la salud, afectan el medioambiente y la salud.
¿Será imposible hacerlo sin pólvora y sin parlantes? Un día pasó una procesión diferente. Me llamó la atención y salí a ver. ¡Qué bonito se escuchaban las voces humanas puras! Y eran más claras que cuando pasan con los parlantes, que anulan las voces de la gente, dejando oír sólo la del cura.
La Policía asegura que la venta y uso de pólvora se haga sin problemas, que no haya quemados ni incendios. ¿Y la contaminación atmosférica? ¿Y el olor que queda en las calles y encerrado en las viviendas? ¿Cuánta gente salió afectada por el ruido? ¿Cuánto estrés causa? Y no es un día, se juntan los rezos a la Purísima, la Virgen de Guadalupe, al Niño Dios y por Año Nuevo.
“Policía: Exitoso “Plan María” 2010”, decía un titular. ¿Es un éxito contaminar el ambiente? ¿Es un éxito enfermar por ruido y con todos los contaminantes que componen la pólvora? En nota sobre el trabajo de los Bomberos, se cita que “el manejo de la pólvora ha estado efectivo”. Si contamina y afecta la salud, ¿habrá manejo efectivo? Además, “sólo hubo siete incendios” por “malas prácticas”. Por buenas prácticas, ¿algún periodista preguntó cuántas pérdidas de audición hubo? Claro, como dice un amigo, la pérdida de audición no es tan espectacular como ver los dedos de la mano volando por el aire.
El Ministerio de Salud se prepara para atender a los quemados. ¿Cuántos también tuvieron pérdida de audición? ¿Cuántos de los que llegan por problemas respiratorios fue por causa de la contaminación? ¿Cuánta presión arterial alta fue a causa del ruido? Cuánta acidez estomacal, náuseas, dolor de cabeza, etc. Sería interesante tener estadísticas.
La Procuraduría Ambiental dice que para ella “el ruido es una prioridad”. Y ha invitado a la población para que denuncie. ¿Por qué no incidir para la prevención en vez de esperar que se queje? Cuando la gente reclama es porque ya el problema se dio y es insoportable; es decir, porque quienes tienen la obligación de prevenir, han fallado. Desde que invitan a denunciar es porque poco hicieron para evitarlo.
El Instituto de Turismo podría impulsar celebraciones sin pólvora, pero ya hasta sobre las aguas del Río San Juan estalló el ruido. A lo mejor también retumbó en el Cañón de Somoto. Y la Alcaldía, responsable por el medioambiente y la salud de los habitantes de su municipio, ¿qué hace para evitar el ruido? Podría fomentar actividades sin amplificadores y sin pólvora.
Y en algunas noticias pareciera que los Medios la promueven, como sucede con la nota titulada “Cuidado con la pólvora de baja calidad. La del dragoncito es la original.” Según la ¿información? ¿publicidad?, esta marca es mejor, no como las “que ponen en riesgo a las personas que manipulan esta pólvora y a la población en general”. La otra, la “buena”, ¿no pone en riesgo el medioambiente y a las personas? Inclusive se recuerda que esta marca “de buena calidad” da instrucciones para manejarla: “en los combos de pólvora que ellos diseñan para niños, jóvenes y adultos viene un menú instructivo donde se indica cómo se debe usar”. Me da la impresión que la redactó el dragoncito.
Así, en medio de contradicciones, con ruido y pólvora le cantamos a la Embajadora de la Paz. Y, desde el Estado laico, se celebra como un acto religioso.
Pero es alentador saber que Nagarote se perfumó con el olor de la flor del madroño para recibir a María y a su Niño: en vez de cortarlos para adorno, sembró más. Ojalá que el Alcalde vele para que el gris olor a pólvora no manche el blanco olor de nuestro árbol nacional. Y que los ruidos estruendosos no enmudezcan los arrullos de la Madre para que nuestro Pipito lindo pueda dormir en Nagarote.

Pintura de Leoncio Sáenz
¿Qué hacer ante la complicidad y omisión de las autoridades?
- Aléjese del lugar donde se explota la pólvora
- Use tapones auditivos
- Donde la contaminación atmosférica es mucha, o si tiene problemas respiratorios, use mascarillas
- Proteja a los niños y a personas mayores
- Proteja a su perro
- Para la próxima, podemos promover celebraciones con coros, sin pólvora y sin parlantes. Cada iglesia, cada escuela, cada barrio podría formar sus grupos. Sería maravilloso oír voces humanas armonizadas en las procesiones y en los altares.
¡Feliz Navidad! Y un Año Nuevo con menos ruido.
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/90559
END - 19:50 - 17/12/2010
Creía que la iglesia católica no podría evitar la explosión de pólvora, que si le pidiera a la población que no dispare cohetes, ésta siempre lo haría. Un sacerdote me aclaró: cuando comenzaban los rezos de la Purísima, lo escuché invitando a sus feligreses, desde una radioemisora. Decía que a las cuatro de la madrugada comienzan a tirar cohetes para que la gente se concentre, pero que la procesión comenzaba a las cinco. Las primeras detonaciones son el reloj despertador... ¡Pudieran dejarme dormir una hora más! Creía que la pólvora no era asunto de los párrocos porque cuando pasa la procesión el cura pide a María por “la salud de los que viven en este sector”.
Nos despiertan con el ruido, contaminan con el olor y las partículas, nos ponen en riesgo con las varillas de los cohetes que, todavía con fuego, caen sobre el zinc, quedan entre los árboles, se clavan en los patios y hasta se ensartan en la ropa tendida. Esto puede herir a alguien o generar incendios, como sucedió en los tramos de pólvora, causado por un cohete que cayó en el patio. Así, mientras piden por la salud, afectan el medioambiente y la salud.
¿Será imposible hacerlo sin pólvora y sin parlantes? Un día pasó una procesión diferente. Me llamó la atención y salí a ver. ¡Qué bonito se escuchaban las voces humanas puras! Y eran más claras que cuando pasan con los parlantes, que anulan las voces de la gente, dejando oír sólo la del cura.
La Policía asegura que la venta y uso de pólvora se haga sin problemas, que no haya quemados ni incendios. ¿Y la contaminación atmosférica? ¿Y el olor que queda en las calles y encerrado en las viviendas? ¿Cuánta gente salió afectada por el ruido? ¿Cuánto estrés causa? Y no es un día, se juntan los rezos a la Purísima, la Virgen de Guadalupe, al Niño Dios y por Año Nuevo.
“Policía: Exitoso “Plan María” 2010”, decía un titular. ¿Es un éxito contaminar el ambiente? ¿Es un éxito enfermar por ruido y con todos los contaminantes que componen la pólvora? En nota sobre el trabajo de los Bomberos, se cita que “el manejo de la pólvora ha estado efectivo”. Si contamina y afecta la salud, ¿habrá manejo efectivo? Además, “sólo hubo siete incendios” por “malas prácticas”. Por buenas prácticas, ¿algún periodista preguntó cuántas pérdidas de audición hubo? Claro, como dice un amigo, la pérdida de audición no es tan espectacular como ver los dedos de la mano volando por el aire.
El Ministerio de Salud se prepara para atender a los quemados. ¿Cuántos también tuvieron pérdida de audición? ¿Cuántos de los que llegan por problemas respiratorios fue por causa de la contaminación? ¿Cuánta presión arterial alta fue a causa del ruido? Cuánta acidez estomacal, náuseas, dolor de cabeza, etc. Sería interesante tener estadísticas.
La Procuraduría Ambiental dice que para ella “el ruido es una prioridad”. Y ha invitado a la población para que denuncie. ¿Por qué no incidir para la prevención en vez de esperar que se queje? Cuando la gente reclama es porque ya el problema se dio y es insoportable; es decir, porque quienes tienen la obligación de prevenir, han fallado. Desde que invitan a denunciar es porque poco hicieron para evitarlo.
El Instituto de Turismo podría impulsar celebraciones sin pólvora, pero ya hasta sobre las aguas del Río San Juan estalló el ruido. A lo mejor también retumbó en el Cañón de Somoto. Y la Alcaldía, responsable por el medioambiente y la salud de los habitantes de su municipio, ¿qué hace para evitar el ruido? Podría fomentar actividades sin amplificadores y sin pólvora.
Y en algunas noticias pareciera que los Medios la promueven, como sucede con la nota titulada “Cuidado con la pólvora de baja calidad. La del dragoncito es la original.” Según la ¿información? ¿publicidad?, esta marca es mejor, no como las “que ponen en riesgo a las personas que manipulan esta pólvora y a la población en general”. La otra, la “buena”, ¿no pone en riesgo el medioambiente y a las personas? Inclusive se recuerda que esta marca “de buena calidad” da instrucciones para manejarla: “en los combos de pólvora que ellos diseñan para niños, jóvenes y adultos viene un menú instructivo donde se indica cómo se debe usar”. Me da la impresión que la redactó el dragoncito.
Así, en medio de contradicciones, con ruido y pólvora le cantamos a la Embajadora de la Paz. Y, desde el Estado laico, se celebra como un acto religioso.
Pero es alentador saber que Nagarote se perfumó con el olor de la flor del madroño para recibir a María y a su Niño: en vez de cortarlos para adorno, sembró más. Ojalá que el Alcalde vele para que el gris olor a pólvora no manche el blanco olor de nuestro árbol nacional. Y que los ruidos estruendosos no enmudezcan los arrullos de la Madre para que nuestro Pipito lindo pueda dormir en Nagarote.

Pintura de Leoncio Sáenz
¿Qué hacer ante la complicidad y omisión de las autoridades?
- Aléjese del lugar donde se explota la pólvora
- Use tapones auditivos
- Donde la contaminación atmosférica es mucha, o si tiene problemas respiratorios, use mascarillas
- Proteja a los niños y a personas mayores
- Proteja a su perro
- Para la próxima, podemos promover celebraciones con coros, sin pólvora y sin parlantes. Cada iglesia, cada escuela, cada barrio podría formar sus grupos. Sería maravilloso oír voces humanas armonizadas en las procesiones y en los altares.
¡Feliz Navidad! Y un Año Nuevo con menos ruido.
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/90559
sábado, 23 de octubre de 2010
Autocontrol del ruido
Doraldina Zeledón Úbeda
END - 19:34 - 22/10/2010
No hay nada como imaginar para crear futuro,
ya que lo que hoy es utopía será carne y sangre mañana.
Julio Verne
¿A qué empresa le gusta que le digan que es ruidosa, que violenta los derechos y que enferma? Y peor, que la denuncien. A todas les gusta tener una imagen de prestigio. Que son respetuosas del medio ambiente y los derechos humanos. Algunas tienen esto dentro de sus principios, pero a lo mejor la imagen declarada no es la real. Por ejemplo, algunas apoyan actividades sociales y ambientales, sin embargo, instalan grandes parlantes en las aceras.
Igual pasa con las iglesias evangélicas. Oran por la salud y bienestar de las personas. Las visitan en los hospitales. Son solidarias, no esperan que un enfermo los llame o que los familiares les paguen una oración por un ser querido que pasó a mejor vida. Tampoco andan con prisa. Pero la gente se queja por el ruido. Algunas congregan pocas personas, quizás diez, no necesitan micrófono. Sin embargo, tienen grandes amplificadores de sonido, y afectan el vecindario. Sus buenas acciones son contrarrestadas por el ruido. Quizás por esto algunas han comenzado a controlarlo.
Me contaba una profesora que su iglesia la han acondicionado para no molestar. Seguro que otras seguirán su ejemplo. Y si ya se convencieron de que el ruido afecta, luego instalarán un sistema de sonido que tampoco los afecte a ellos. Que no deje sordos a los que están cerca de los parlantes. Una señora decía que no pueden acondicionar porque son pobres; sin embargo, compran los grandes parlantes. Con ese dinero podrían cerrar bien, instalar cielorraso, para disminuir el nivel sonoro en el vecindario. Las iglesias pequeñas podrían juntarse y construir un solo edifico, con condiciones, no sólo por el ruido, sino para tener más espacio durante sus actividades de convivencia y poder actuar con libertad para orar y expresar su júbilo de la forma que quieran, sin afectar a los demás.
Otra me dijo que a veces la gente se queja por nada, que para sobrevivir hay que ser tolerantes. Sí, entendiendo tolerancia como respeto a las ideas y prácticas diferentes. Pero la normal tolerancia tiene un límite, y entonces tolerar sería sufrir, permitir algo que nos afecta o que transgrede las normas. “Nadie puede eludir la observancia de las leyes, ni impedir a otros el ejercicio de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes, invocando creencias o disposiciones religiosas”, dice el artículo 69 de la Constitución.
Y un evangélico se quejaba de otra iglesia evangélica que lo desveló. Son unos bárbaros, decía. Cuando se vive la experiencia, sabemos que no son necedades sino realidades que llevan a la desesperación. Quien tiene una fuente de ruidos cerca, probablemente se enfermará. Hay personas que para comunicarse por teléfono buscan a donde ir, pues desde su casa no pueden. Algunas se van para mientras pasa el culto. Otras amanecen desveladas por la música de la discoteca y las películas del vecino. O pasan aturdidas todo el día por el ruido de un taller, los ladridos del perro, la música de un comedor o los pitazos de los buses.
También las iglesias católicas deberían revisar su sistema de sonido, pues aunque tienen mejores condiciones y espacio, afectan a sus feligreses ya que el sonido es tan intenso, que las bancas vibran y los decibeles golpean los oídos. Y no digamos las explosiones de pólvora, apañadas como tradición. O más bien, amparados en ésta, perpetuamos costumbres dañinas. Si la ciencia nos dice que el ruido enferma, ¿por qué no buscar opciones saludables?
Cuando empresas, instituciones, transportistas, vecinos, tengan conciencia del problema, cuando asimilen el daño que provocan, comenzarán a controlar su ruido. La situación cambiará, porque lo mejor es actuar cuando estamos convencidos, cuando realmente deseamos ayudar, o por lo menos no perjudicar. Pero con una denuncia de por medio, como que la gente se empecina a continuar con el problema. Entonces, ¿por qué no evitar el ruido? Lo mejor es el autocontrol. Sé de evangélicos preocupados. Quieren que su iglesia crezca, pero que no sea tildada de ruidosa y peor que sea demandada. Es esperanzador, por ejemplo, que un evangélico organice una conferencia sobre efectos de la contaminación sonora. O leer los comentarios de creyentes en contra del ruido en sus iglesias. Es apenas un granito de arena, pero ningún edificio se construye de un solo. Ojalá que la industria, el comercio, el transporte y el ocio se preocupen también.
Es más rápido el autocontrol a que se resuelva con una denuncia. Al menos mientras el proceso siga como diseñado para el desgaste o la renuncia, pues los afectados tienen que andar de Herodes a Pilatos y de mañana en mañana. El proceso se hace eterno y desgasta a ambas partes. Agota, implica recursos, dejar la casa sola o el trabajo Con el autocontrol nadie se sentiría acosado, se evitarían gastos, enemistades, maltratos. Se ahorraría tiempo y recursos en las instituciones. Por supuesto, si no se controlan, hay que denunciar. Sea cual sea la fuente de ruidos. Así será pareja la aplicación de la ley. Pero quien no reclama sus derechos, que no queje después. Y quien continúe haciendo ruido, que tampoco se queje cuando lo denuncien.
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/86254
END - 19:34 - 22/10/2010
No hay nada como imaginar para crear futuro,
ya que lo que hoy es utopía será carne y sangre mañana.
Julio Verne
¿A qué empresa le gusta que le digan que es ruidosa, que violenta los derechos y que enferma? Y peor, que la denuncien. A todas les gusta tener una imagen de prestigio. Que son respetuosas del medio ambiente y los derechos humanos. Algunas tienen esto dentro de sus principios, pero a lo mejor la imagen declarada no es la real. Por ejemplo, algunas apoyan actividades sociales y ambientales, sin embargo, instalan grandes parlantes en las aceras.
Igual pasa con las iglesias evangélicas. Oran por la salud y bienestar de las personas. Las visitan en los hospitales. Son solidarias, no esperan que un enfermo los llame o que los familiares les paguen una oración por un ser querido que pasó a mejor vida. Tampoco andan con prisa. Pero la gente se queja por el ruido. Algunas congregan pocas personas, quizás diez, no necesitan micrófono. Sin embargo, tienen grandes amplificadores de sonido, y afectan el vecindario. Sus buenas acciones son contrarrestadas por el ruido. Quizás por esto algunas han comenzado a controlarlo.
Me contaba una profesora que su iglesia la han acondicionado para no molestar. Seguro que otras seguirán su ejemplo. Y si ya se convencieron de que el ruido afecta, luego instalarán un sistema de sonido que tampoco los afecte a ellos. Que no deje sordos a los que están cerca de los parlantes. Una señora decía que no pueden acondicionar porque son pobres; sin embargo, compran los grandes parlantes. Con ese dinero podrían cerrar bien, instalar cielorraso, para disminuir el nivel sonoro en el vecindario. Las iglesias pequeñas podrían juntarse y construir un solo edifico, con condiciones, no sólo por el ruido, sino para tener más espacio durante sus actividades de convivencia y poder actuar con libertad para orar y expresar su júbilo de la forma que quieran, sin afectar a los demás.
Otra me dijo que a veces la gente se queja por nada, que para sobrevivir hay que ser tolerantes. Sí, entendiendo tolerancia como respeto a las ideas y prácticas diferentes. Pero la normal tolerancia tiene un límite, y entonces tolerar sería sufrir, permitir algo que nos afecta o que transgrede las normas. “Nadie puede eludir la observancia de las leyes, ni impedir a otros el ejercicio de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes, invocando creencias o disposiciones religiosas”, dice el artículo 69 de la Constitución.
Y un evangélico se quejaba de otra iglesia evangélica que lo desveló. Son unos bárbaros, decía. Cuando se vive la experiencia, sabemos que no son necedades sino realidades que llevan a la desesperación. Quien tiene una fuente de ruidos cerca, probablemente se enfermará. Hay personas que para comunicarse por teléfono buscan a donde ir, pues desde su casa no pueden. Algunas se van para mientras pasa el culto. Otras amanecen desveladas por la música de la discoteca y las películas del vecino. O pasan aturdidas todo el día por el ruido de un taller, los ladridos del perro, la música de un comedor o los pitazos de los buses.
También las iglesias católicas deberían revisar su sistema de sonido, pues aunque tienen mejores condiciones y espacio, afectan a sus feligreses ya que el sonido es tan intenso, que las bancas vibran y los decibeles golpean los oídos. Y no digamos las explosiones de pólvora, apañadas como tradición. O más bien, amparados en ésta, perpetuamos costumbres dañinas. Si la ciencia nos dice que el ruido enferma, ¿por qué no buscar opciones saludables?
Cuando empresas, instituciones, transportistas, vecinos, tengan conciencia del problema, cuando asimilen el daño que provocan, comenzarán a controlar su ruido. La situación cambiará, porque lo mejor es actuar cuando estamos convencidos, cuando realmente deseamos ayudar, o por lo menos no perjudicar. Pero con una denuncia de por medio, como que la gente se empecina a continuar con el problema. Entonces, ¿por qué no evitar el ruido? Lo mejor es el autocontrol. Sé de evangélicos preocupados. Quieren que su iglesia crezca, pero que no sea tildada de ruidosa y peor que sea demandada. Es esperanzador, por ejemplo, que un evangélico organice una conferencia sobre efectos de la contaminación sonora. O leer los comentarios de creyentes en contra del ruido en sus iglesias. Es apenas un granito de arena, pero ningún edificio se construye de un solo. Ojalá que la industria, el comercio, el transporte y el ocio se preocupen también.
Es más rápido el autocontrol a que se resuelva con una denuncia. Al menos mientras el proceso siga como diseñado para el desgaste o la renuncia, pues los afectados tienen que andar de Herodes a Pilatos y de mañana en mañana. El proceso se hace eterno y desgasta a ambas partes. Agota, implica recursos, dejar la casa sola o el trabajo Con el autocontrol nadie se sentiría acosado, se evitarían gastos, enemistades, maltratos. Se ahorraría tiempo y recursos en las instituciones. Por supuesto, si no se controlan, hay que denunciar. Sea cual sea la fuente de ruidos. Así será pareja la aplicación de la ley. Pero quien no reclama sus derechos, que no queje después. Y quien continúe haciendo ruido, que tampoco se queje cuando lo denuncien.
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/86254
viernes, 3 de septiembre de 2010
Los ruidos en la Managua de los años 40 y comienzos de los 50
Hoy (3sep-2010) recibí una triste noticia: falleció un amigo y también amigo de la tranquilidad: el arquitecto Sergio Espinosa, managua por los cuatro costados, como él decía. Don Sergio vivió por muchos años en Canadá, en compañía de su esposa, doña Maritza, y falleció en su añorada ciudad. Me quedó el gusto de haberlo conocido y compartir ideas y esperanzas. También pude disfrutar algunos de sus poemas y pinturas. Espero que nos encontremos algún día en un lugar sin ruidos, para conversar "largo y tendido", como lo teníanos pendiente. Dejo aquí uno de sus artículos, que fue publicado por El Nuevo Diario. Doraldina.
Los ruidos en la Managua de los años 40 y comienzos de los 50
Sergio Espinosa*
Atendiendo una gentil solicitud, quiero referirme en unas cortas notas al ruido ambiental en la Managua de los años 40. Como nací en 34, y siendo de Managua por los cuatro costados, creo que algo puedo aportar sobre el tema. Toda mi niñez y comienzos de la adolescencia transcurrieron en esa década y en la siguiente. Viví durante ese tiempo, del 34 a comienzos de 52 en el barrio de Candelaria. En 52 partí para México, donde permanecí hasta 1957. Entonces regresé y me quedé en Managua hasta junio de 93 en que me volví a ir y ya no regresé más. Escribo atenido nada más a la memoria, todo lo que ese archivo personal me irá dictando y sólo con referencias al primer período citado. No consulté ninguna otra fuente, pero quiero mencionar y agradecer a mi tío Julio Gutiérrez Rivera, más o menos contemporáneo mío, quien me ayudó en este repaso de aquellos días.
No era bulliciosa la Managua de esa época. Los sonidos cotidianos más estridentes eran los pitazos que marcaban las entradas y salidas de los trabajadores en sus labores diarias. Los pitazos estaban a cargo de la Cervecería, la Planta eléctrica, el Cuerpo de Bomberos y la Catedral. Los pitazos eran a las 6 y a las 7 am., a mediodía, a la 1 y a las 5 pm.
Otros ruidos que se sucedían en el transcurso de la jornada eran los timbrazos de los cocheros, y alguno que otro bocinazo. Como había pocos vehículos a motor el deambular de ellos por las calles y callejones de la ciudad no ofrecía problemas. Por lo demás, la vida era tranquila y muy poca gente se apuraba. El ajetreo era alrededor de la Estación del Ferrocarril y a la hora de salida y llegada de los trenes. Los pitazos de las máquinas y las campanadas de la Estación no causaban molestia y eran más bien motivo de regocijo para los vecinos a ambos lados de la vía. Ellos se salían de sus casas para ver el paso del tren. Los buses marchaban con respeto. Creo que la gente de mi edad recuerda bien los buses de dos pisos de la Carioca. Las rutas que recorrían eran: Cementerio, Colón, El Triunfo, La Aviación y Mercado. Las ambulancias y los camiones cisternas de los apaga fuegos eran también escandalosos. Siendo la población mucho más pequeña que la actual, los volúmenes de ruido eran más reducidos.
Los centros de mayor concentración de trabajo eran los mercados Central y San Miguel que quedaban juntos. Eran un problema en el centro de la ciudad por su escaso aseo. Sólo desaparecieron con el terremoto de 73. En este sitio, Santos Ramírez, que había vivido en el extranjero, inauguró el sistema de altoparlantes para promociones comerciales. Ese era un sistema de ruido perturbador, pero que gracias a la inclinación del nica por lo novedoso y escandaloso, fue aceptado y se popularizó sin que nadie se quejara. Los cines, que eran a cielo abierto con excepción del González que era techado, causaban ruido moderado que no alteraba la paz de los vecinos. Las cantinas que quedaban en el centro eran lugares más bien respetados, porque nunca alteraron el orden ni fueron lugares de trifulcas y escándalos. Eran célebres, populares y bien conocidas: Camilo Palito, la Cabaña, Panchito Melodía, La Chispa, Noche Criolla, Petit Café y otras que quedaban en el área central y eran centro de encuentro de la intelectualidad de la época: Ge Erre Ene, Manolo Cuadra, el indio Pantaleón, Rodolfo Arana, Mr. Hit y otros eran sus habitués. Yo veía con admiración y respeto la figura augusta del P. Azarías Pallais, quien se hospedaba en el hotel Primavera, muy cerca de mi casa, y muchas veces se juntaba con ellos.
El Mercado Oriental sólo comenzaba a perfilarse. El Distrito Nacional, el Palacio Nacional, cuya finalización en su construcción apenas comenzaba a servir como sede de casi todos los ministerios, y los Bancos, que eran sólo 3: el Nacional, el Banco de Londres y América del Sur, y el Banco Téfel, eran otros centros de trabajo importantes, así como la Escuela de Artes, y las oficinas de los diarios La Prensa, La Noticia, Flecha y más tarde Novedades. La Tribuna, y La Estrella de Nicaragua tuvieron corta duración.
Otras fuentes de ruido eran las amenizaciones de la banda de guerra cuando los juegos, que se efectuaban en el gimnasio, situado entonces cerca del Colegio de Doña Chepita de Aguerri. Los conciertos que ofrecía la orquesta de la Guardia Nacional en el parque central los jueves y domingos, bajo la dirección del capitán Arturo Picado.
Las pregoneras callejeras del comercio informal que a voz en cuello ofrecían sus mercaderías. Entre ellos sobresalían el afilador con su grito: “siempre se afila” …el vende aserrín, el carboneador, y el hojalatero con el suyo: “va a soldar?..” ellos tenían en común su facha de gente trabajadora, aunque despreocupados en su apariencia.
Una vez al mes, un enorme estruendo producido por el mejor avión de la FAN, un Gruman, que sólo lo sacaban para calentarlo, porque consumía mucho combustible, atraía la atención de los vecinos. Era imponente para la época y estremecía la ciudad cuando volaba.
Las partidas de ganado que eran arriadas hacia la hacienda El Retiro, atrás de la Loma, atravesaban la ciudad desde la estación, produciendo el sobresalto e hilaridad de los muchachos. Una especie de la española fiesta de San Fermín a pequeña escala.
Cohetes, bombas y morterazos en los cumpleaños, serenatas y fiestas religiosas eran algo común y no molestaban a nadie, sobre todo, las de Santo Domingo. Las matracas que sonaban para los días de la Semana Santa reemplazando las campanas que por esos días enmudecían en señal de duelo, ponían el acento trágico apropiado para la solemnidad del momento.
El aserrío de los Hernández era uno de los pocos, estaba situado cerca de la estación, junto a la casa de don Rafael Gutiérrez, progenitor de una distinguida familia. No recuerdo si usaban una circular o una sinfín, pero sí suena en mis oídos aún ese ruido especial del afilado metal cortando la madera.
Y termino con una nota romántica esta página nostálgica: un recuerdo de los alcaravanes que en los grandes patios jardinados de las casas solariegas de entonces, daban la hora, hermoseaban el ambiente, depredaban los mosquitos y servían de guardianes, porque avisaban la presencia de un extraño.
Esa era Managua de aquellos años. Nunca como ahora siento que fue un pasado mejor y más sano, pero que por desgracia, no volverá jamás.
Montreal, 4 de octubre de 2004.
*Sergio Espinosa es arquitecto nicaragüense residente en Canadá.
http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2005/09/16/opinion/1244
Los ruidos en la Managua de los años 40 y comienzos de los 50
Sergio Espinosa*
Atendiendo una gentil solicitud, quiero referirme en unas cortas notas al ruido ambiental en la Managua de los años 40. Como nací en 34, y siendo de Managua por los cuatro costados, creo que algo puedo aportar sobre el tema. Toda mi niñez y comienzos de la adolescencia transcurrieron en esa década y en la siguiente. Viví durante ese tiempo, del 34 a comienzos de 52 en el barrio de Candelaria. En 52 partí para México, donde permanecí hasta 1957. Entonces regresé y me quedé en Managua hasta junio de 93 en que me volví a ir y ya no regresé más. Escribo atenido nada más a la memoria, todo lo que ese archivo personal me irá dictando y sólo con referencias al primer período citado. No consulté ninguna otra fuente, pero quiero mencionar y agradecer a mi tío Julio Gutiérrez Rivera, más o menos contemporáneo mío, quien me ayudó en este repaso de aquellos días.
No era bulliciosa la Managua de esa época. Los sonidos cotidianos más estridentes eran los pitazos que marcaban las entradas y salidas de los trabajadores en sus labores diarias. Los pitazos estaban a cargo de la Cervecería, la Planta eléctrica, el Cuerpo de Bomberos y la Catedral. Los pitazos eran a las 6 y a las 7 am., a mediodía, a la 1 y a las 5 pm.
Otros ruidos que se sucedían en el transcurso de la jornada eran los timbrazos de los cocheros, y alguno que otro bocinazo. Como había pocos vehículos a motor el deambular de ellos por las calles y callejones de la ciudad no ofrecía problemas. Por lo demás, la vida era tranquila y muy poca gente se apuraba. El ajetreo era alrededor de la Estación del Ferrocarril y a la hora de salida y llegada de los trenes. Los pitazos de las máquinas y las campanadas de la Estación no causaban molestia y eran más bien motivo de regocijo para los vecinos a ambos lados de la vía. Ellos se salían de sus casas para ver el paso del tren. Los buses marchaban con respeto. Creo que la gente de mi edad recuerda bien los buses de dos pisos de la Carioca. Las rutas que recorrían eran: Cementerio, Colón, El Triunfo, La Aviación y Mercado. Las ambulancias y los camiones cisternas de los apaga fuegos eran también escandalosos. Siendo la población mucho más pequeña que la actual, los volúmenes de ruido eran más reducidos.
Los centros de mayor concentración de trabajo eran los mercados Central y San Miguel que quedaban juntos. Eran un problema en el centro de la ciudad por su escaso aseo. Sólo desaparecieron con el terremoto de 73. En este sitio, Santos Ramírez, que había vivido en el extranjero, inauguró el sistema de altoparlantes para promociones comerciales. Ese era un sistema de ruido perturbador, pero que gracias a la inclinación del nica por lo novedoso y escandaloso, fue aceptado y se popularizó sin que nadie se quejara. Los cines, que eran a cielo abierto con excepción del González que era techado, causaban ruido moderado que no alteraba la paz de los vecinos. Las cantinas que quedaban en el centro eran lugares más bien respetados, porque nunca alteraron el orden ni fueron lugares de trifulcas y escándalos. Eran célebres, populares y bien conocidas: Camilo Palito, la Cabaña, Panchito Melodía, La Chispa, Noche Criolla, Petit Café y otras que quedaban en el área central y eran centro de encuentro de la intelectualidad de la época: Ge Erre Ene, Manolo Cuadra, el indio Pantaleón, Rodolfo Arana, Mr. Hit y otros eran sus habitués. Yo veía con admiración y respeto la figura augusta del P. Azarías Pallais, quien se hospedaba en el hotel Primavera, muy cerca de mi casa, y muchas veces se juntaba con ellos.
El Mercado Oriental sólo comenzaba a perfilarse. El Distrito Nacional, el Palacio Nacional, cuya finalización en su construcción apenas comenzaba a servir como sede de casi todos los ministerios, y los Bancos, que eran sólo 3: el Nacional, el Banco de Londres y América del Sur, y el Banco Téfel, eran otros centros de trabajo importantes, así como la Escuela de Artes, y las oficinas de los diarios La Prensa, La Noticia, Flecha y más tarde Novedades. La Tribuna, y La Estrella de Nicaragua tuvieron corta duración.
Otras fuentes de ruido eran las amenizaciones de la banda de guerra cuando los juegos, que se efectuaban en el gimnasio, situado entonces cerca del Colegio de Doña Chepita de Aguerri. Los conciertos que ofrecía la orquesta de la Guardia Nacional en el parque central los jueves y domingos, bajo la dirección del capitán Arturo Picado.
Las pregoneras callejeras del comercio informal que a voz en cuello ofrecían sus mercaderías. Entre ellos sobresalían el afilador con su grito: “siempre se afila” …el vende aserrín, el carboneador, y el hojalatero con el suyo: “va a soldar?..” ellos tenían en común su facha de gente trabajadora, aunque despreocupados en su apariencia.
Una vez al mes, un enorme estruendo producido por el mejor avión de la FAN, un Gruman, que sólo lo sacaban para calentarlo, porque consumía mucho combustible, atraía la atención de los vecinos. Era imponente para la época y estremecía la ciudad cuando volaba.
Las partidas de ganado que eran arriadas hacia la hacienda El Retiro, atrás de la Loma, atravesaban la ciudad desde la estación, produciendo el sobresalto e hilaridad de los muchachos. Una especie de la española fiesta de San Fermín a pequeña escala.
Cohetes, bombas y morterazos en los cumpleaños, serenatas y fiestas religiosas eran algo común y no molestaban a nadie, sobre todo, las de Santo Domingo. Las matracas que sonaban para los días de la Semana Santa reemplazando las campanas que por esos días enmudecían en señal de duelo, ponían el acento trágico apropiado para la solemnidad del momento.
El aserrío de los Hernández era uno de los pocos, estaba situado cerca de la estación, junto a la casa de don Rafael Gutiérrez, progenitor de una distinguida familia. No recuerdo si usaban una circular o una sinfín, pero sí suena en mis oídos aún ese ruido especial del afilado metal cortando la madera.
Y termino con una nota romántica esta página nostálgica: un recuerdo de los alcaravanes que en los grandes patios jardinados de las casas solariegas de entonces, daban la hora, hermoseaban el ambiente, depredaban los mosquitos y servían de guardianes, porque avisaban la presencia de un extraño.
Esa era Managua de aquellos años. Nunca como ahora siento que fue un pasado mejor y más sano, pero que por desgracia, no volverá jamás.
Montreal, 4 de octubre de 2004.
*Sergio Espinosa es arquitecto nicaragüense residente en Canadá.
http://impreso.elnuevodiario.com.ni/2005/09/16/opinion/1244
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